La historia.

Capitulo 1.-

Afuera, en la calle, la nieve se arremolina y se vuela. La madrugada llego fría y mezquina, extiende sus dedos helados por toda la casa.
Aquí el aire es gris, quieto, mudo.
Y la casa, la casa entera es un sudario y yo estoy en él, inmóvil. Cerca de la ventana. Fumando lentamente, concienzudamente.
Lo único que escucho son algunas pisadas amplificadas por el silencio de un vecindario dormido. Algún perro lejano, un motor que pasa rodando calle abajo y sus respectivos amortiguadores chirriando, algunas risas de mujer, una bocina, el viento.

La nostalgia.

Por momentos los sonidos del recuerdo se camuflan con la realidad. El alma me da un salto cuando creo notar que esa risa de mujer, afuera, se parece mucho a la tuya.
Abro la cortina, por supuesto. Y por supuesto, esa risa no se parecía en nada a la tuya, ni su dueña a vos. La estupidez de haber abandonado toda racionalidad y haber creído por un momento que estarías en la puerta de mi edificio, riéndote en plena noche, me enfurece.

Soy mejor que esto.

Soy mas inteligente. Más rápido. No entiendo que me pasa.

Tal vez tenga algo que ver el hecho de que estoy marcado. De que mi vida entera la he dedicado a ponerme el traje de chico bueno y que la misma sociedad a la que intenté proteger, me arrancó el corazón y lo pisoteó.
A quien engaño? La ingratitud de la sociedad me da igual. Me da igual el mundo. No me importa la inseguridad, el crimen violento, la tasa delictiva, el nivel adquisitivo, el índice de desempleo, el promedio salarial, todos esos dioses y semidioses que aparecen sobre el Gran Altar Catódico día y noche predicando el evangelio de la vida cotidiana y la banalidad inútil y vacía que albergan nuestros deslustrados espíritus dizque progresistas.
Claro que todo esto jamás lo hubiera admitido hace un tiempo atrás, antes de que todo sucediera. Oh, si. Yo me tenía muy creído el show.

Pero cuando algo te desgarra la vida de lado a lado y recibís un golpe real, el mismo golpe que te hunde el alma te eleva la percepción. Y una vez que percibís la verdadera sucia y horrible cara de la realidad, nunca más podes olvidarla.

Sin embargo, como te dije: me da igual.
Si, en la calle muere gente aveces. Si, mueren de hambre cientos de niños esclavos a cada minuto. Si, aumento el Costo de Vida. Si, hay una crisis hipotecaria.

Me dá igual.

¿Qué es todo eso, si no estás conmigo? Palabras sin sentido. Ruido de fondo. Un percance. Un suceso aleatorio.
Nada.

Tomo el lápiz y no puedo escribir. No sé como empezar. La carta es para ella, no para vos. Por vos derramé mis primeras lágrimas, sería indigno sepultarlas con letras.

Escribir estas líneas significa sellar mi destino. No mi futuro… mi destino. Aceptar que el camino de mi vida atravesó distintos puntos hasta acá, aceptar que sucedió lo peor, aceptar que ya no estás.

Apago el cigarrillo. Más tarde descubriré que arruiné la mesa.
Mi mirada sigue fija en el papel.
Pero no lo veo.
Estoy lejos aquella tarde en el parque. Tengo tus brazos al cuello, esos brazos que se cerraron para mi. Tengo tu sonrisa de sueño. Tengo tu cara de tedio. Tus manos inquietas, tu pelo, tu paso agitado, tu tono resuelto.
Y sin embargo ya no lo tengo.

Reconozco el papel. Reconozco la letra. De alguna forma, me las arreglé para escribirle a ella. No a vos, a vos ya nunca te escribiré.
El mensaje es sintético. Siempre fui un hombre práctico.

Me alejo del papel, el lápiz, la ventana, la mesa. Tomo las llaves, la campera, la bolsa con mis armas. Me puse en movimiento, quien sabe cuando descansaré.
El papel cae en el momento en que abro la puerta. En tres zancadas estoy junto a la mesa de nuevo.

Levanto el papel. Lo dejo a la vista. No puedo evitar releerlo:

“Chau, Sandra. El que mató a nuestra hija ya se puede dar por muerto.”


Capítulo 2.-

¿Que hago aquí sobornando palomas con migas de pan para obtener un poco de tranquilidad y compañía? Siempre será igual, a menos que haga algo pronto. Es el momento. ¡Tiene que serlo! Esta vez, no puedo ser débil. Esta decidido. Por Ellos. Por mi familia.
Iré a hablar; primero con ella y luego con el (aunque preferiría tener un último almuerzo). No lo entenderán, lo sé; pero es mejor así. No puedo seguir mintiendo. Tendré que alejarme; sufrirán; pero estarán a salvo.
¿Como explicar que yo no lo he hecho cuándo en realidad, si lo hice? Al menos para la policía está claro que es así.
¿Cómo intentar explicarle a un niño de diez años, a mi hijo, que lo mejor que puedo hacer es desaparecer de su vida? No. No puedo hacerlo. Tendré que mentir una vez más.
Mis manos, que ahora, confundidas entre el frío y el miedo, tiemblan; tendrán que dejar de hacerlo, o no podré usarlas para acariciarlos por última vez. Una última y calida, vez.
-¡Oye, tu! (dime que tengo que hacer).
Lo sabia. Como esa ave, tengo que volar de acá (y como temía, me seguirán).
Les diré que no los amo; que tengo otra familia; que ya no los necesito. No puedo decirles la verdad; no puedo decirles que están en peligro.
Ahí viene ella, ya la siento. Pero todavía no debe enterarse.
-Dan, el almuerzo está listo.
-Muy bien, iré pronto. Solo déjame limpiar este jardín, de migas. No quiero que tu padre me acuse, además de cobarde, de sucio. Su jardín, vos y su nieto, tienen que estar siempre limpios. ¿Verdad?
-Mi padre te quiere Dan, no seas grosero. Respétalo o déjalo en paz. No la tiene fácil contigo.
-¡¿Respetarlo?! ¡¿Como podría?! ¡Fue él quien nos metió en esto! ¡¿O te olvidas?! Deberías decirle a él, que nos deje en paz.
-¡Dan! ¡Siempre el mismo Dan! “Dan, el mejor para señalar y culpar a los demás de sus desgracias”. Recuerda que estamos en su casa. Recuerda lo que hizo por nosotros.
-Antes de su llegada, teníamos casa. Antes que aparezca con sus… Si no fuera que es tu padre…
-¡Ya termina con la novela y ven pronto al comedor! ¡Y hazme un favor: atiende ese teléfono de una buena vez! Debe ser el estúpido de tu jefe, al que tanto admiras, el que tiene tiempo para molestar a la hora de comer. Si en cinco minutos no estas con nosotros, empezaremos sin ti. Por cierto, ¡¿acaso estabas hablando con las palomas?! Vamos, deja eso y ven; sabes que no podemos comer sin ti.
Si supieras que, lamentablemente, tendrán que vivir sin mí.
-Muy bien, me diste cinco minutos; alcánzame el teléfono.
Los extrañare demasiado. Quisiera que todo esto nunca haya pasado, o al menos, saber que paso realmente.
-Aquí lo tienes. Es Eric, pregunta por ti. Salúdalo de mi parte y apúrate. Te esperamos dentro.
¡¿Eric?! ¡¿Cómo se atreve?! ¡Después de tanto tiempo!
-No debería atenderte pero bueno… acá estoy. ¿Que quieres?.... Si, dime… ¿Cuándo?... ¿Ahora mismo? No puedo.... Dime más u olvídalo. La confianza se ha perdido. Eras mi hermano y tú… ¿Acaso sabes lo que me estas pidiendo? Quieres que olvide todo y… ¡Mierda! ¡Eres un…! En fin. Muy bien dime dónde... Voy para allá.
Esta es mi oportunidad de escapar. Es ahora o…
Empezaré a caminar y no miraré atrás o no podré aguantarlo.
Un paso tras otro, y luego otro,  y otro, y otro… y ya me estaré alejando sin darme cuenta… No debo pensar; solo caminar.
Solo espero que Eric no se tarde o temo que estaré de vuelta más pronto de lo debido. Mi familia…
Esta será la última vez que estaré aquí, en esta calle; en esta ciudad.
Estoy lamentando no haber buscado un abrigo… y dinero, pero ya estoy lejos; y allí está la estación de trenes. Me apuraré.
Puedo recordar la primera vez que conocí a Eric. Fue justo en esta estación; en este andén. Yo la esperaba a ella cuando fue una mano en mi hombro la que… Si. Exactamente igual a este momento en que ahora... Pero estaba vez será distinto: no me voltearé.
-Quita tu mano o…
-¿O, que?
Dije que no giraría pero…
-¡Idiota!
Se merecía el golpe; me la debía. Pero…
-¿Porque te quedas mirándome? ¿Acaso esperabas otra bienvenida? Y prepárate para que siga golpeándote, por que no mereces otra cosa…
-¡Ya cállate Dan! No tengo que explicarte nada. Y necesito tu ayuda. Debemos irnos en el próximo tren.
-Ja! ¡¿Asi?! ¡¿Sin mas?!Debes pensar que soy un idiota si crees que iré a alguna parte contigo.
-Si no vienes conmigo, no podrás vengarte.
-¡¿Vengarme?! De los únicos que debo vengarme es de mi suegro y de ti… Apelas a nuestra amistad, que por cierto, ya no existe, para hacerme congelar las manos, los pies, los sesos...; ¡¿para que?! solo para ver tu asqueroso rostro. ¿Quieres decirme que es lo que pasa, y para que estoy aquí? Y más te vale que lo hagas rápido, hoy no tengo un buen día. ¿Qué traes en esa bolsa? Dime que es comida.


Capítulo 3.-


Si la estación no hubiese estado tan desierta aquella tarde, inusualmente desierta, alguien podría haberlos visto. Seguramente recordaría que uno de ellos, el más bajo, luchaba infructuosamente por alejar el frio de su cuerpo. Recordaría que cubría su boca con sus manos, en forma de cuenco, e intentaba calentarlas con su aliento en un gesto del todo inútil en pleno julio. Un hombre en un andén, en pleno julio, sin un abrigo hubiese llamado poderosamente la atención.

Alguien, que abordara con ellos el tren, hubiese notado que el otro, el rubio, alto y de mirada furibunda, era quien tomaba la iniciativa en todo. Fue el primero en subir el tren, el primero en sentarse, del lado de la ventanilla, y el primero en comenzar una acalorada conversación que duraría todo el viaje. Lo que seguramente hubiese notado es que este, de campera negra de cuero, llevaba con evidente celo una bolsa.
Alguien parado a cierta distancia los hubiese visto discutir acaloradamente, hubiese, sin lugar a dudas, notado por sus ademanes que les costaba ponerse de acuerdo. Que existían entre ellos muchos asuntos por zanjar. Hubiese notado el fastidio evidente en sus rostros. Y hasta se hubiese percatado de que uno de ellos, el que tiritaba de frio, amagó a levantarse en un inequívoco gesto de invitación a la pelea. El otro no reaccionó. La charla continuó en esos términos mientras los minutos pasaban ajenos a sus mundanas disputas.
Si alguien, tal vez, se hubiese acercado algunos pasos a ellos hubiese escuchado una y otra vez las palabras “hijo de puta”, “tragedia”, “disparos” y “venganza”. Sobre todo la palabra venganza. A cierta distancia ni el cadencioso sonido del discurrir del tren, ni la música de la ciudad que iban atravesando, ni siquiera el sonido de las sirenas que llegaban hasta ellos como la banda de sonido de una mala película de gánsters, podía ahogar el ímpetu de su discusión. Ellos no se preocupaban en absoluto de que alguien pudiese oírlos, el vagón se encontraba desierto, aunque daba la impresión de que les importaba bastante poco.
Si alguien hubiese sido lo suficientemente, sigiloso, o atrevido para sentarse justo detrás de ellos, en el momento más álgido de la pelea (ya no podía calificarse de otra cosa) hubiese oído con total claridad “juro por Dios que lo haré, así tenga que meterme en el mismísimo infierno” Estas palabras sonaron en el momento exacto en que el tren llegaba al destino de estos enigmáticos hombres.
Si alguien hubiese estado lo suficientemente cerca hubiese visto el apretón de manos que dio fin a su disputa y selló su suerte.
Pero nadie estaba así de cerca.
Solo la muerte que les había dado un paso de ventaja.



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